miércoles, 22 de junio de 2016

Una mañana de verano



Era una mañana de verano. Aún no había amanecido. Me desperté una hora antes de que sonara el despertador. Me giré hacia mi izquierda y allí estabas tú, durmiendo boca arriba sin más ropa que unas braguitas de encaje negro. 
No lo pude evitar y comencé a besarte el cuello mientras acariciaba tus pechos, los cuales contestaron enseguida endureciendo tus pezones. Sin salir del todo de tu sueño buscaste mi boca y tu lengua se enredó con la mía. Después de acariciar cada milímetro de tu cuerpo, mis manos buscaron tu tesoro sin encontrar ningún obstáculo. Tus piernas se abrieron para que mis caricias llegasen a todos los rincones a la vez que comenzabas a gemir tímidamente. Mi boca fue buscando el camino que antes dejaron mis manos por tu cuerpo, deteniéndome durante más tiempo en tus pechos y endureciendo aún más esos pezones que apuntaban al techo. Al tiempo que llegaba a tu monte deslicé tus braguitas de encaje hasta que acabaron tus piernas y así pude concentrarme en tu cueva. No sé qué me excitó más, que tus gemidos aumentaran y se empezaran a entre cortarse o notar lo mojada que estabas. No paré de juguetear, ni siquiera cuando te corriste la primera vez; sólo me detuve cuando noté que tu segundo orgasmo fue tan intenso que comenzaron a temblarte las piernas. Era el momento de volver a recorrer tu cuerpo con mi boca en sentido opuesto y, al llegar de nuevo a tu cuello, me introduje en tu interior levantando mi mirada para poder contemplar tu expresión de placer al notarla dentro de ti. El movimiento, suave al principio, hizo que comenzáramos a sudar, lo cual hizo que la fricción fuera casi nula. El aumento de tus ansias me hizo ver que era el momento de subir el ritmo y pude notar cómo explotabas en un orgasmo que te hizo perder tanto el control que hasta te mordiste el labio llegando casi a hacerte sangre. Volví a los movimientos suaves mientras te recuperabas y, una vez recobrada totalmente, te di la vuelta. La visión de tu espalda, las caricias de las yemas de mis dedos por tus costados y besarte la nuca mientras te penetraba de nuevo apoyado en tus nalgas hicieron que mi excitación llegase a los máximos. Mis piernas rodearon a las tuyas e hicieron que se cerrasen. Eso aumentó el roce de mi bombeo haciendo que me pidieras más hasta que volviste a mojar las sábanas y sin dejar que te recuperaras busqué tu clítoris de nuevo, esta vez con mis dedos mientras volví a aumentar el ritmo. No habías terminado de recuperar la respiración cuando comenzaste a gemir que te corrías de nuevo. Pero esta vez te acompañé haciendo que nuestros flujos se uniesen como si fueran uno sólo. 
Nos fuimos recuperando poco a poco mientras seguía acariciándote durante nuestro abrazo y así te di los buenos días justo cuando sonaba el despertador.