jueves, 5 de marzo de 2015

Historias de Jota. Parte 1


Historias de Jota

Eran las ocho de la mañana. Como cada día, Jota apagaba el despertador y se levantaba entre bostezos y estiramientos. Una ducha, un café y a trabajar. Mientras bajaba por el ascensor pensaba que hoy era uno de esos días en los que te levantas con una sensación diferente, de que algo iba a pasar. Como siempre Jota saluda al aparcacoches que hay siempre debajo de su casa, llueva o nieve siempre está ahí. Era un hombre pequeño, de unos sesenta años y aspecto de haber pasado no muy buena vida, pero sonriente y con ganas de hablar. Hasta la sonrisa de medio lado del hombrecillo le resultó ese día diferente a Jota.
Arrancó el coche y se dirigió a la oficina. Hoy todo le resultaba extraño. Por un momento tuvo la sensación de que los coches con los que se cruzaba se apartaban para que pudiera llegar antes al trabajo. Incluso al llegar, encontró fácil aparcamiento en un sitio donde había que dar varias vueltas a la manzana para, con mucha suerte, encontrar un sitio donde aparcar.
Entró en la oficina. Sus pulsaciones estaban un poco más aceleradas que de costumbre a esas horas de la mañana, cuando normalmente aún tiene partes de su cuerpo que no se han terminado de despertar. Saludó a sus compañeros como cada mañana y, después de algún comentario sobre el partido de fútbol de anoche, se dirigió hacia su mesa. Debido a los últimos recortes en la empresa, donde antes trabajaban cuatro personas, ahora sólo estaba él. Su mesa estaba llena de papeles, colocados en un orden que sólo él conocía. Cada día intentaba tener su mesa limpia y ordenada, pues el desorden le ponía nervioso, pero debido a la cantidad de trabajo que tenía normalmente debido a estar sólo, no siempre conseguía tenerla a su gusto.
Antes de que pudiera sentarse, apareció una compañera que le anunciaba que la reunión de las nueve y media se había adelantado. Hoy iba a ser una reunión especial, puesto que se presentaba el nuevo jefe de la sección, su jefe directo. Echaría de menos a su antiguo jefe. Aunque tenía sus manías, habían hecho buenas migas y, al estar tanto tiempo trabajando codo con codo, hasta se habían hecho amigos. A Jota no le gustaban los cambios, así que prefería que su antiguo jefe no se hubiera jubilado antes de tener que trabajar con un nuevo jefe del que no se sabía nada en la oficina. Ni siquiera la “maruja” de la empresa había conseguido descubrir algo sobre ese nuevo fichaje. ¿Por qué tanto secretismo? Tal vez fueran paranoias de Jota, pero no dejaba de ser extraño no conocer nada de su nuevo “compañero”.

Jota se dirigió a la sala de juntas. Aprovechó el reflejo en uno de los ventanales de la oficina para comprobar su apariencia, la cual no le disgustó del todo. Abrió la puerta y, de repente, sus músculos dejaron de responder. Sus ojos dejaron de pestañear. Su corazón dejó de hacer su función de bombear sangre a todo su cuerpo durante un rato. La gente que ya estaba sentada alrededor de la gran mesa rectangular desapareció de su campo de visión. 
Sólo podía ver al nuevo jefe, o debiera decir… “conocida jefa”.